El análisis racional y la revisión crítica de argumentos son la base de nuestra cultura. Pero los
argumentos no salen de la nada. Muchas veces los encontramos en los textos clásicos y en los menos
clásicos, pero no toda discusión es por escrito. La vida está llena de debates que se adelantan
oralmente en pequeños (y a veces grandes) grupos de personas. Para estos debates, la exposición
tiene la función de proveer el argumento inicial.
Por eso, la exposición oral es algo más que un formato de comunicación para uso
académico: es una herramienta crucial para el éxito en la vida. No sólo en la Universidad, sino
también en ambientes laborales, corporativos o de otra índole, la exposición hace parte de procesos
colectivos de construcción de opinión y de toma de decisiones.
Pero, ¿qué es exactamente lo que se “expone” en la exposición? La respuesta es: una
hipótesis u opinión en torno a un problema. Por eso, una exposición no es una simple enunciación
de hechos o de datos sino su primer análisis. Una buena exposición, al proponer una hipótesis u
opinión, plantea el escenario para la realización de un debate.
Dado que el debate es un evento colectivo, el éxito de una exposición no depende sólo del
expositor: también el auditorio tiene que conocer el tema y prepararse para el debate (ver Guía 45).
Inversamente, un buen expositor no es sólo aquel que sabe expresar oralmente sus ideas, sino
también aquel que escucha con atención y respeto a sus interlocutores. Tampoco basta entonces ser
elocuente: es preciso tener en cuenta las diferentes posiciones y saber atender a las observaciones y
las críticas.

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